jueves, 31 de enero de 2013

La visión de la gloria de Cristo (John Owen, extracto del libro "La gloria de Cristo")

El sumo sacerdote bajo el Antiguo Testamento, habiendo hecho los sacrificios requeridos en el día de la propiciación, entró al lugar santísimo con sus manos llenas de incienso de un dulce olor, el cual puso en el fuego delante del Señor. Así, el gran sumo sacerdote de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo, habiéndose ofrecido por nuestros pecados, entró en el cielo con el dulce aroma de sus oraciones a favor de su pueblo. Su deseo eterno por la salvación de su pueblo es manifiesto en el versículo citado al principio: "Padre... quiero... que vean mi gloria" (Jn.l7:24). José pidió a sus hermanos que contaran a su padre acerca de su gloria en Egipto: "Haréis, pues, saber a mi padre toda mi gloria en Egipto..." (Gen.45:13). Esto lo hizo José, no para vanagloriarse, sino para dar a su padre el gozo de saber acerca de su elevada posición en Egipto. Así Cristo deseaba que los discípulos vieran su gloria, para que estuvieran satisfechos y disfrutaran de la plenitud de esta bendición para siempre. Habiendo conocido su amor, el corazón del creyente siempre estará inquieto hasta que vea la gloria de Cristo. El punto culminante de todas las peticiones que Cristo hace a favor de sus discípulos (en este capítulo 17) es que vean su gloria. Entonces yo afirmo que uno de los beneficios más grandes para el creyente, en este mundo y en el venidero, es la consideración de la gloria de Cristo.
Desde el comienzo del cristianismo, nunca ha habido tanta oposición directa hacia la naturaleza (divina y humana) y la gloria de Cristo como la que existe actualmente. Es el deber de todos aquellos que aman al Señor Jesús dar testimonio (según su capacidad) de su naturaleza única y de su gloria. Por lo tanto, quisiera fortalecer la fe de los creyentes verdaderos demostrando que el ver la gloria de Cristo es una de las experiencias y uno de los más grandes privilegios posibles en este mundo y en el venidero. Ahora en esta vida al contemplar la gloria de Cristo, somos transformados en su semejanza (vea 2 Cor.3:18). En la vida venidera, seremos semejantes a Él porque le veremos tal como Él es (vea 1 Jn.3:2). Este conocimiento de Cristo es en forma continua, la vida y la recompensa para nuestras almas. Aquel que ha visto a Cristo, ha visto al Padre; la luz del conocimiento de la gloria de Dios es vista solamente en la faz de Jesucristo (vea Jn.l4:9 y 2 Cor.4:6). 
Hay dos maneras para ver la gloria de Cristo: Ahora en este mundo por medio de la fe, y en el cielo por la vista para toda la eternidad. Es de la segunda manera a la que Cristo se refiere en su oración (la oración registrada en Juan 17). Cristo pide que sus discípulos estén con Él (en el cielo) y que vean su gloria. Pero una visión de su gloria en este mundo por medio de la fe también está implícita, y expongo las siguientes razones por las cuales enfatizo esto: 
1. En la vida venidera, ningún hombre verá la gloria de Cristo, a menos que la haya visto por la fe en esta vida. Es necesario que seamos preparados para la gloria por medio de la gracia, y que por medio de la fe seamos preparados para ver a Cristo con nuestra vista. Algunas personas que no tienen la fe verdadera se imaginan que verán la gloria de Cristo en el cielo, pero se están engañando a sí mismas. Los apóstoles vieron esta gloria, "gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Jn.l:14). Esta no fue una gloria mundana como la que poseen los reyes o el papa. Aunque Cristo creó todas las cosas, Cristo no tuvo donde reclinar su cabeza. No había ninguna gloria inusual o hermosura en su apariencia como hombre. Su rostro y su apariencia fueron desfiguradas más que la de los hijos de los hombres (Isa.52:14 y 53:2). Tampoco se podía ver en este mundo la plena manifestación de la gloria de su naturaleza divina. Entonces ¿Cómo pudieron ver los apóstoles su gloria? La vieron por medio del entendimiento espiritual de la fe. Al verlo como lleno de gracia y de verdad, y al ver lo que hizo y lo que habló, "le recibieron y creyeron en su nombre" (Jn.l:12). Aquellos que no poseían esta fe no vieron ninguna gloria en Cristo.
2. La gloria de Cristo está mucho más allá del alcance de nuestro presente entendimiento humano. No podemos mirar directamente al sol sin quedar ciegos y no podemos con nuestros ojos naturales tener ninguna visión verdadera de Cristo en el cielo; esa gloria sólo puede ser conocida por medio de la fe. Aquellos que hablan o escriben acerca de la inmortalidad del alma pero que no tienen ningún conocimiento de la vida de fe, en realidad no saben de lo que están hablando. Hay aquellos también que usan imágenes, crucifijos, ídolos y música, en un vano intento por adorar algo que ellos se imaginan que es como la gloria de Dios. Esto es debido a que no tienen ningún entendimiento espiritual de la verdadera gloria de Cristo. Solamente el entendimiento que nos viene por medio de la fe, nos dará una idea verdadera de la gloria de Cristo y creará en nosotros el deseo por disfrutarla plenamente en el cielo. 
3. Por lo tanto, si quisiéramos tener una fe más activa y un amor más grande por Cristo (lo cual daría descanso y satisfacción a nuestras almas), deberíamos buscar el tener un deseo más grande por ver la gloria de Cristo en esta vida. Esto resultará en que las cosas de este mundo se vuelvan cada vez menos atractivas, hasta que lleguen a ser cosas muertas e indeseables. No deberíamos esperar tener una experiencia distinta en el cielo de lo que hemos estado buscado en este mundo; es decir, no podemos esperar ver la gloria de Cristo en el cielo si no ha sido nuestro afán en la tierra. Si estuviésemos más persuadidos de esto, pensaríamos más en las cosas celestiales de lo que normalmente lo hacemos.


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