jueves, 31 de enero de 2013

La gracia de Dios. Parte 1 (Claude Duval Cole)



Debemos darle muchas gracias a Dios por cada persona que llega a ser creyente . La salvación es de gracia tanto en su planeación como en su ejecución. Dios, quien diseñó el plan, también lo ejecuta. Y todo es de pura gracia, el inmerecido e inmerecible favor de Dios. El es tanto el arquitecto como el constructor de la casa hecha con piedras vivas. Cristo dijo: “Yo edificaré mi iglesia” (Mat.16:18). Si pudiéramos cambiar esta figura diríamos que, Dios pone la mesa del evangelio y también da el apetito por el pan de vida. El Espíritu llena la casa del Padre a través de forzar a los invitados a entrar (vea Luc.14:23). No se trata de un forzamiento externo, lo cual destruiría la libre agencia del hombre, sino de un impulso interior mediante el cual el pecador viene voluntariamente a Dios. Vea Sal.110:3 y Jn. 6:44, 64-65. (Nota del traductor: La Biblia nos enseña que todo hombre es responsable ante Dios y que realiza cada uno de sus actos de sí mismo y no forzado externamente; y precisamente en eso consiste su libre agencia, en actuar por sus propios motivos y deseos. Vea en Gén. 50:20 el caso de los hermanos de José al venderlo, o en Luc. 22:22 el caso de Judas entregando a Cristo; en ambos casos los transgresores actuaron de sí mismos, nadie tuvo que forzarles o empujarles a hacer el mal que ellos mismos quisieron hacer. Así que, podemos decir que el hombre tiene libertad y actúa en conformidad con su naturaleza interior. Las Escrituras nos indican que el hombre posee una personalidad [naturaleza] caída e inclinada al mal, ya que su mente está entenebrecida, su corazón es de piedra y su voluntad está esclavizada al pecado; vea Ef. 4:18; Ez. 36:26; Rom. 6:17-18 y Jn. 8:34. Por lo tanto, su libertad es una libertad hacia el mal y su deseo es enemistad contra Dios. No obstante la incapacidad del hombre natural, la ley de Dios le sigue considerando una criatura responsable, y prueba de ello es que le juzgará con el castigo eterno si no se arrepiente. En tales condiciones, solo un milagro de la gracia soberana puede sacar al hombre de la potestad de las tinieblas a la sumisión a Cristo). Entonces, esta voluntariedad del pecador para venir a Cristo, es la obra del Espíritu Santo en el pecador provocándole una profunda convicción de pecado y dándole una revelación de Cristo como Señor y Salvador. En una palabra, los hombres creen a través de la gracia. Cuando Apolos vino a Acaya, trajo cartas de recomendación para presentarlas a los discípulos de allí, éstas mencionaban que cuando Apolos llegó allá “fue de gran provecho a los que mediante la gracia habían creído” (Hechos 18:27, RVA).
Una vez un hombre estaba jactándose de sí, como uno que se había hecho hombre por sí mismo, como un hombre autónomo. Otro que le escuchó en su alarde dijo: “Es muy noble de su parte decir eso. Muchos hombres habrían culpado a su suerte o sus mujeres, o aún echarían la responsabilidad en los hombros del Creador”. Parece fácil y natural para un hombre adorar a su Hacedor; por lo tanto, el hombre que considera haberse hecho por sí mismo, el hombre autónomo, se adora naturalmente a sí mismo. En contraste, cada creyente es una obra de la gracia. Pablo, como creyente, se deleitaba en decir: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1Cor. 15:10). En la experiencia de la gracia, el Espíritu Santo a través del poder convincente de la Palabra, da al pecador una visión de sí mismo. Luego alivia la angustia resultante dándole, a través del evangelio, una visión de Cristo como Señor y Salvador. Un antiguo puritano decía al respecto: ¡Oh! ¿Dónde estaría yo si no hubiera sido encontrado por Cristo?


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