Ahora, habiendo considerado el cambio realizado en nuestra mente, pensemos ahora en nuestros cuerpos glorificados. Cuando nuestro cuerpo sea resucitado del sepulcro, veremos a nuestro redentor. Esteban realmente vio "la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios" (Hech.7:55). ¿Quién no desearía haber tenido el privilegio de los discípulos, quienes vieron físicamente a Cristo cuando estaba en la tierra? Cristo les dijo que: "Muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron" (Mat.l3:17). Si esto fue un privilegio tan grande, ¡cuán glorioso será, cuando con nuestros ojos purificados y fortalecidos, veamos a Cristo en la plenitud de su gloria! No podemos imaginar cómo será, pero sabemos que Cristo oraba al Padre para que estuviéramos con El y viéramos la grandeza y la belleza de su gloria (vea Jn.l7:24).
Mientras estamos en este mundo "gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo" (Rom.8:23). Como Pablo, clamamos "¡Miserable de mil ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rom.7:24). Entre más cerca que uno está del cielo, más fervientemente desea estar ahí, porque Cristo está ahí. Nuestros pensamientos sobre Cristo son tan confusos e imperfectos que nos conducen a un anhelo profundo de conocerle mejor. Pero este es el mejor estado de ánimo en que podemos encontrarnos. Pido a Dios para que no me sea quitado este deseo y para que el Señor incremente es-tos anhelos cada vez más en todos los creyentes. El corazón de un creyente afectado por la gloria de Cristo es como una aguja atraída por un imán. Ya no puede estar en paz ni satisfecho lejos de Cristo, a pesar de que se acerque con movimientos débiles y temblorosos. Se empuja continuamente hacia Cristo y no puede encontrar descanso en este mundo. Pero allá en el cielo con Cristo continuamente delante de nosotros, podremos mirar sin cesar su gloria. Esta visión constante traerá un refrigerio eterno y gozo a nuestras almas. Aunque no podemos entender ahora como será esta visión final de Dios, sabemos que los puros de corazón verán a Dios (Mat.5:8). Aún en la eternidad, Cristo será el único medio de comunicación entre Dios y su Iglesia. Consideremos por un momento a los creyentes del Antiguo Testamento. Ellos vieron algo de la gloria de Cristo, pero sólo en la forma de símbolos velados. Ellos anhelaban el tiempo cuando el velo fuera quitado y los símbolos dieran lugar a la realidad. Miraban hacia el cumplimiento de las promesas divinas y la venida del Hijo de Dios al mundo. En muchos casos existía más del poder de la verdadera fe y amor en sus corazones de lo que podemos ver en la mayoría de los creyentes de hoy. Cuando Jesús vino, el anciano Simeón tomó al niño Jesús en sus brazos y dijo: "Ahora Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu Palabra; porque han visto mis ojos tu salvación" (Luc.2:28-29). Nosotros tenemos una revelación más clara de la naturaleza única del Señor y su obra que aquellos creyentes veterotestamentarios. Y la visión que tendremos de la gloría de Cristo en el cielo será mucho más clara y brillante que la revelación que tenemos ahora. Si aquellos creyentes oraban para que el velo y los símbolos fueran quitados, y deseaban muy fervientemente ver la gloria de Cristo, ¿Cuánto más fervientemente deberíamos orar nosotros para ver su gloria? Ya hemos pensado acerca de la gloria de Cristo como manifestada en tres grados. Primero, los creyentes del Antiguo Testamento la vieron a través de la ley y los símbolos. Segundo, en el evangelio tenemos una semejanza perfecta de esta gloria. Pero tenemos que esperar hasta que lleguemos a la gloria donde está Cristo para poder disfrutar de su realidad.
Examinémonos a nosotros mismos para ver si estamos apresurándonos continuamente hacia una visión perfecta de la gloria de Cristo en el cielo. Si no es así, es una evidencia de que nuestra fe no es real. Si Cristo está en nosotros, El es "la esperanza de gloria" (Col.l:27). Muchos estan demasiado enamorados del mundo como para desear salir de él y ir al lugar donde pueden ver la gloria de Cristo. Están interesados en sus posesiones, en sus negocios o en sus familias. Tales personas ven la belleza de este mundo en el espejo del amor propio y sus mentes son cambiadas en la misma imagen egoísta. Por otra parte, los creyentes verdaderos se deleitan al ver la gloria de Cristo en los evangelios y también son transformados en esa misma imagen. Nuestro Señor Jesucristo es el único que entiende per-fectamente la bienaventuranza eterna, la cual será disfrutada por aquellos que creen en El. Cristo ora para que "donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria" (Jn.l7:24). Si al presente podemos entender solamente un poco de lo que esta gloria significa, por lo menos debemos confiar en la sabiduría y el amor de Cristo de que esta gloria será infinitamente mejor que cualquier cosa que podamos disfrutar ahora. ¿No deberíamos desear continuamente ser incluidos en su oración?
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